Hay un ritmo. Está claro que hay un ritmo. En cómo distribuyo los puntos, las comas, los acentos, en cómo construyo las frases, hay un ritmo que me es propio como las huellas digitales, como el ADN, y es montado en ese ritmo que puedo escribir, y es dejándome llevar por ese ritmo que mi escritura se vuelve fluida, y cuando me salgo del ritmo
como ahora
que de pronto pensé y me salí del ritmo
cuando me salgo del ritmo
todo se vuelve torpe, ineficaz,
todo deja de decir
y la escritura empieza a ser un
esfuerzo,
y la lectura empieza a ser un esfuerzo, y necesito pensar cada palabra antes de escribirla y cuando termino de escribir las palabras que pensé leo lo que escribí y veo que no se acerca ni por las tapas a lo que quería decir, que está todo mal dicho, que de hecho estoy tratando de decir algo, mientras cuando me dejaba llevar por el ritmo no necesitaba tratar de decir nada, todo lo que tenía que hacer era escribir y lo que había que decir salía espontáneamente, y el peligro latente es que al final me levante a buscar el mate, me tome uno, vea que está frío, cambie la yerba, caliente el agua y ya que estoy me hago un pancito con algo y a la mierda el ritmo y la escritura y todo.
La escritura es música. Ya lo dijo Aristóteles, o por lo menos yo entendí eso. Vaya a saber uno lo que dijo Aristóteles en realidad. Lo digo yo. La escritura es música. La escritura es baile. Si pienso, me equivoco. Me tropiezo. La escritura requiere de un trance muy parecido al de la interpretación musical, un dejar de lado la cabeza y confiar en la inteligencia de los dedos, de las manos, del cuerpo.
Cuando se pierde el ritmo lo esencial es recuperarlo. A veces se recupera en seguida. A veces se tarda un rato. A veces varios años. A veces nunca más.
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viernes, 7 de septiembre de 2012
sábado, 4 de agosto de 2012
Nadadoras / Propósito / Refugio
Cada vez más estoy convencido de que el común de la gente es de idiota para abajo.
Es decir. Me voy a escribir a un bar, porque en eso consiste toda mi estrategia creativa, en salir de casa cuando quiero escribir, porque en casa no escribo y en un bar por lo menos puedo escupir estas cosas, y la tele está puesta en las olimpiadas, por supuesto, cosa que a mí me importa más bien nada, pero da la casualidad de que están las nadadoras, rompiéndose el culo las pobres chicas desde vaya a saber cuándo por conseguir una centésima de segundo de gloria, y los únicos comentarios que se escuchan en las mesas, tanto de parte de hombres como de mujeres, son del orden de "¡Mirá qué cuerpo! ¡Parece un macho! ¿Eso es una mina?"
[Originalmente había escrito "...por conseguir algo de gloria, una centésima de segundo de gloria..." La pesqué y eliminé lo que sobraba. Estoy notando que tengo una tendencia a la repetir para enfatizar que me rompe un poco las bolas.]
Quiero decir acá que este blog no me está dando el resultado que esperaba. Lo estoy dejando estar, y justamente de eso se trataba la cosa, de no dejarlo estar. La única cosa para la que tenía que servirme el blog, que era para seguir escribiendo, y no me está sirviendo. Ya me quejé a Blogger pero no me han dado bola. Señores Blogger: quiero decirles que el blog no me está sirviendo para lo que yo supongo que tiene que servirme. Hagan algo. Abrazo, yo. El próximo mail va a ir con "saludos" en lugar de "abrazo", a ver si así se amedrentan. Por lo tanto, mi nueva estrategia creativa con respecto al blog es que voy a publicar, sí o sí, obligatorio, una entrada por semana. Por lo menos. Después, si quiero más, más. Pero vamos a empezar con una por semana. Una vez por semana, por ejemplo los viernes a la noche, voy a publicar la entrada que empecé a escribir la semana anterior en el estado en que se encuentre, sin revisar nada más.
Eso es todo lo que tengo que decir con respecto a mis estrategias creativas.
Seguro que no lo voy a cumplir.
La dificultad que me presenta la escritura del blog, doctor, con respecto a la escritura dramática es que el que habla soy yo, no un personaje. Me siento expuesto. Me agarra el miedo de escribir boludeces. Cuando escribo teatro nunca tengo miedo de escribir boludeces porque el personaje es el boludo que habla, que para eso está, y cuántas más alegrías nos dan los personajes boludos que los vivos. El personaje inteligente es el cáncer de la escritura dramática. Es mejor volverlos boludos de chiquitos (lo cual por suerte simplemente sucede, porque es uno el que escribe).
Acá, en el blog, la convención social dice que el que habla soy yo, y eso hace todo mucho más difícil.
Lo primero que tendría que hacer un escritor es quedar como un boludo. Recién después de eso puede empezar a decir algo interesante: cuando ya todo está perdido.
Pero me parece que todo esto ya lo escribí en algún momento, en alguna otra entrada. Escribo siempre más o menos lo mismo.
No escribo tan bien como quisiera. No soy tan inteligente como quisiera, ni tan profundo ni tan original como quisiera, como me parece que se supone que uno tendría que ser para tener derecho a hablar.
Estos últimos párrafos me parecen mal si intentan explicarme o justificarme y me parecen bien si lo que intentan es analizarme. No sé qué es lo que intentan.
No puedo escribir si no me siento a salvo. Lo primero que necesito hacer es colocarme en un lugar seguro, cuidarme el culito ("¡No soy yo el que habla, es el personaje...!"), y recién ahí puedo escribir. De lo contrario, no escribo sino que me la paso buscando ese lugar seguro desde el cual puedo escribir impunemente. Esa búsqueda constante impregna mi escritura. El texto (la situación) se convierte en eso: los intentos constantes de un tipo por ponerse a salvo mientras intenta decir algo.
No sé si no hay otra posibilidad. El monito, antes de empezar a los gritos, se sube lo más alto que puede a la palmera. Es instinto.
Los problemas que tenemos con la escritura tienen que ver más que nada con que ésta implica, en su mayor parte, ir de frente en contra del instinto. En muchísimos aspectos. En aspectos que ni siquiera nos imaginamos ahora que estamos escribiendo o leyendo esto.
Todo esto lo escribo para evadirme, para evitar por un rato pensar en las cosas que me están comiendo la cabeza. Cosas que me interesan mucho más que toda esta huevada. Cosas del orden de lo vital, no de lo creativo. Entre escribir y vivir, hay que elegir vivir. Escribir, escribe cualquiera. No es más que cuestión de entrenamiento.
Mientras escribimos...
Me olvidé.
Ah, sí. Mientras nos pasan cosas, hablamos de otras cosas. No hablamos de lo que nos pasa. Lo que nos pasa, nos pasa. Hablamos de otra cosa. Y lo que decimos dejará entrever en mayor o menor medida lo que nos pasa, en tanto seamos más o menos hábiles en las artes del ocultamiento.
En eso consiste, más que nada, el teatro.
Por ejemplo. Yo tengo la teoría de que la gente no es tan idiota como parece. Pero se vuelven idiotas para interactuar con el mundo, porque es una posición segura. Que el tipo que dice "¡Mirá qué espalda! ¡Parece un macho!", es capaz de pensamientos bastante más profundos que ese, pero que jamás se permitirá darlos a conocer en público porque eso sería quedar como más inteligente que lo que considera seguro. El pudor de la inteligencia. Instinto. La boludez es un refugio. Como el escritor que necesita quedar como un boludo antes de empezar a escribir. Como el monito subido a su palmera. Al final es todo lo mismo.
domingo, 22 de julio de 2012
Globos
Lo que tiene volver a escribir después de un tiempo más o menos largo de no escribir
(entre todas las cosas que tiene)
es que uno, yo, vos, uno, escribe cargando demasiado peso.
Está lo que está bien y lo que está mal.
Lo que se debe y lo que no se debe.
Lo que te acerca a ser un escritor y lo que te aleja de serlo.
Durante el tiempo de la no escritura, estas dos entelequias
(¿está bien usada la palabra entelequia? Entelequia. Entidad. Estas dos entidades.)
estas dos entidades, que durante el tiempo anterior, el tiempo de la escritura, no voy a decir que no existían pero se encontraban al límite de la no existencia, infinitesimales [Esto es mentira; nunca se encontraron al límite de la no existencia; siempre estuvieron ahí pero jodiendo poco] fueron creciendo, prosperando, acrecentándose al punto de ocupar casi todo el espacio sin dejar prácticamente nada de lugar para la escritura.
[Todos estos corchetes podrían evitarse si yo encontrara una manera más o menos cómoda de poner enlaces a notas al pie. La nota al pie en un blog sin un enlace apropiado me parece de lo más incómodo que hay para el lector. Así es más fácil: el que no quiera leer las notas, que se saltee los corchetes.]
Así es como escribir, lo que era en una época una tarea placentera y amigable [También mentira], se va convirtiendo en algo trabajoso, algo demasiado parecido a hacer fuerza, a empujar, a tratar de abrirse espacio para respirar en un lugar completamente, o casi completamente, ocupado por dos globos enormes que nos asfixian.
Con lo cual dan cada vez menos ganas de entrar a la escritura.
Sin embargo, volvemos a arremeter, porque la escritura, enteramente ocupada por los dos globos, ejerce una atracción constante (una atracción que está formada por una cantidad de sentimientos y emociones de lo más diversos y contradictorios, entre los que no están ausentes la inseguridad, el ego y la pila de neurosis que nos llevan de la mano por la vida) que no nos deja en paz. Mientras no escribimos [actividad a la que le dedicamos casi todo el tiempo] no hacemos otra cosa que pensar en escribir: que no estoy escribiendo, que tendría que estar escribiendo, que cuánto hace que no escribo. Cagándonos la vida, porque la pasaríamos mucho mejor si nos dejáramos de joder con eso de escribir. Hasta que, de tanto en tanto, volvemos a tomar carrera y nos mandamos a la habitación. La mayor parte de las veces rebotamos en la puerta; a veces podemos penetrar un poco antes de ser expulsados otra vez, fuera de la escritura.
Lo primero que habría que hacer es encontrar un punto débil y reventar los dos globos para que las dos masas purulentas que los llenan, a las que llamamos lo que está bien y lo que está mal, caigan, se mezclen, inunden la escritura, y trabajar con esa mezcla mugrienta como cuando éramos bebés y trabajábamos con caca, porque era lo único que teníamos para trabajar, igual que ahora, es lo único que tenemos para trabajar.
Y sobre todo para que la presión disminuya porque así no se puede vivir.
(entre todas las cosas que tiene)
es que uno, yo, vos, uno, escribe cargando demasiado peso.
Está lo que está bien y lo que está mal.
Lo que se debe y lo que no se debe.
Lo que te acerca a ser un escritor y lo que te aleja de serlo.
Durante el tiempo de la no escritura, estas dos entelequias
(¿está bien usada la palabra entelequia? Entelequia. Entidad. Estas dos entidades.)
estas dos entidades, que durante el tiempo anterior, el tiempo de la escritura, no voy a decir que no existían pero se encontraban al límite de la no existencia, infinitesimales [Esto es mentira; nunca se encontraron al límite de la no existencia; siempre estuvieron ahí pero jodiendo poco] fueron creciendo, prosperando, acrecentándose al punto de ocupar casi todo el espacio sin dejar prácticamente nada de lugar para la escritura.
[Todos estos corchetes podrían evitarse si yo encontrara una manera más o menos cómoda de poner enlaces a notas al pie. La nota al pie en un blog sin un enlace apropiado me parece de lo más incómodo que hay para el lector. Así es más fácil: el que no quiera leer las notas, que se saltee los corchetes.]
Así es como escribir, lo que era en una época una tarea placentera y amigable [También mentira], se va convirtiendo en algo trabajoso, algo demasiado parecido a hacer fuerza, a empujar, a tratar de abrirse espacio para respirar en un lugar completamente, o casi completamente, ocupado por dos globos enormes que nos asfixian.
Con lo cual dan cada vez menos ganas de entrar a la escritura.
Sin embargo, volvemos a arremeter, porque la escritura, enteramente ocupada por los dos globos, ejerce una atracción constante (una atracción que está formada por una cantidad de sentimientos y emociones de lo más diversos y contradictorios, entre los que no están ausentes la inseguridad, el ego y la pila de neurosis que nos llevan de la mano por la vida) que no nos deja en paz. Mientras no escribimos [actividad a la que le dedicamos casi todo el tiempo] no hacemos otra cosa que pensar en escribir: que no estoy escribiendo, que tendría que estar escribiendo, que cuánto hace que no escribo. Cagándonos la vida, porque la pasaríamos mucho mejor si nos dejáramos de joder con eso de escribir. Hasta que, de tanto en tanto, volvemos a tomar carrera y nos mandamos a la habitación. La mayor parte de las veces rebotamos en la puerta; a veces podemos penetrar un poco antes de ser expulsados otra vez, fuera de la escritura.
Lo primero que habría que hacer es encontrar un punto débil y reventar los dos globos para que las dos masas purulentas que los llenan, a las que llamamos lo que está bien y lo que está mal, caigan, se mezclen, inunden la escritura, y trabajar con esa mezcla mugrienta como cuando éramos bebés y trabajábamos con caca, porque era lo único que teníamos para trabajar, igual que ahora, es lo único que tenemos para trabajar.
Y sobre todo para que la presión disminuya porque así no se puede vivir.
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