Taller breve de introducción y entrenamiento en la escritura de textos aptos para la representación escénica.
Orientado a:
- personas que no escriben (porque nunca escribieron, porque no saben cómo, porque escribían y un día no escribieron más, porque están en un período de parálisis creativa) y quieren escribir
- personas que escriben y están interesadas en enriquecer su escritura con las herramientas que brinda la escritura dramática.
Lunes 16 y 30 de marzo, 6, 13, 20 y 27 de abril.
(Lunes 23 de marzo feriado.)
De 14:30 a 16:30.
En Parque Chacabuco.
Para más datos o cualquier tipo de consulta, comunicarse por mensaje privado en facebook /talleresht
Hay un ritmo. Está claro que hay un ritmo. En cómo distribuyo los puntos, las comas, los acentos, en cómo construyo las frases, hay un ritmo que me es propio como las huellas digitales, como el ADN, y es montado en ese ritmo que puedo escribir, y es dejándome llevar por ese ritmo que mi escritura se vuelve fluida, y cuando me salgo del ritmo
como ahora
que de pronto pensé y me salí del ritmo
cuando me salgo del ritmo
todo se vuelve torpe, ineficaz,
todo deja de decir
y la escritura empieza a ser un
esfuerzo,
y la lectura empieza a ser un esfuerzo, y necesito pensar cada palabra antes de escribirla y cuando termino de escribir las palabras que pensé leo lo que escribí y veo que no se acerca ni por las tapas a lo que quería decir, que está todo mal dicho, que de hecho estoy tratando de decir algo, mientras cuando me dejaba llevar por el ritmo no necesitaba tratar de decir nada, todo lo que tenía que hacer era escribir y lo que había que decir salía espontáneamente, y el peligro latente es que al final me levante a buscar el mate, me tome uno, vea que está frío, cambie la yerba, caliente el agua y ya que estoy me hago un pancito con algo y a la mierda el ritmo y la escritura y todo.
La escritura es música. Ya lo dijo Aristóteles, o por lo menos yo entendí eso. Vaya a saber uno lo que dijo Aristóteles en realidad. Lo digo yo. La escritura es música. La escritura es baile. Si pienso, me equivoco. Me tropiezo. La escritura requiere de un trance muy parecido al de la interpretación musical, un dejar de lado la cabeza y confiar en la inteligencia de los dedos, de las manos, del cuerpo.
Cuando se pierde el ritmo lo esencial es recuperarlo. A veces se recupera en seguida. A veces se tarda un rato. A veces varios años. A veces nunca más.
Es sábado y no tengo nada. Como era de esperarse.
Voy a ver si escribo algo ahora. Algo que no le interese a nadie. Así lo leen por encima y no se dan cuenta.
Desde hace rato que estoy por empezar a escribir una obra nueva. Un material nuevo. Porque yo ya no sé si escribo obras. Desde hace ya más de un mes que tengo todo ahí y no arranco.
El primer obstáculo con el que me encuentro es que tengo estructurado el día de manera que no me deja lugar para la escritura.
Ya sé que el verdadero obstáculo es que hay una resistencia interna a la escritura que bla bla bla. Ya hablé mucho de eso. Ahora no estoy hablando de eso. Estoy hablando, en todo caso, de las formas que esa resistencia elige para manifestarse. De cómo acciona esa resistencia para impedirme la escritura. Y una de las formas, la primera que se me aparece, es que mi rutina (si es que se la puede llamar así) diaria ha sido armada sin tener en cuenta la escritura. Corolario: no considero la escritura como algo importante. A la hora de armar mi rutina diaria tuve en cuenta el desayuno, el almuerzo (más o menos), la merienda, ir al baño a la mañana, preparar clases, dar clases y una cantidad de cosas más. Pero no tuve en cuenta la escritura.
Cuando uno no es de esos escritores que gana plata con lo que hacen, hay una tendencia a que esto suceda: a empezar a considerar la escritura un pasatiempo, y de ahí a dejarla de lado hay un paso. Porque, seamos sinceros, hay montones de pasatiempos más interesantes.
La escritura es, en todo caso (para los que no ganamos plata con lo que escribimos, por lo menos) una necesidad. Cuando uno no necesita escribir, no escribe.
Y la escritura deja de ser algo importante.
(Yo igual digo que si a uno le interesa volver a escribir algún día es mejor escribir cada tanto aunque sea sin ganas, aunque sea cualquier tontería, para no perder el entrenamiento, porque después si no cuesta un huevo.)
Lo primero que debería hacer, entonces, es reacomodar mi rutina para dejarle un espacio a la escritura.
El problema es que además el médico me recomendó caminar una hora por día. Para bajar los triglicéridos.
De más está decir que no estoy caminando una hora por día. Lo hice en las vacaciones y lo pude más o menos mantener en el verano. Pero el trajín del año se fue imponiendo y ahora a duras penas puedo caminar un poco cada tres o cuatro días.
Así que ya tengo que ubicar dos cosas: la caminata y la escritura.
Porque estar sano también es importante, ¿no?, digo yo. Si no estás sano, estás jodido. No escribís, no hacés nada.
Si a esto tengo que sumarle una hora diaria, ponele, para escribir, ya necesito que el día tenga dos horas más.
Y encima ahora que podría estar dedicándome a eso, estoy escribiendo esta huevada.
Estoy escribiendo esto porque lo prometí, y porque además tengo como 15 minutos para sentarme a escribir y en 15 minutos con lo otro no puedo ni empezar, porque para colmo tengo pilas y pilas de material desordenado, desparramado por todos lados, escrito a mano, en archivos de word, en entradas de un blog privado en el que voy escribiendo todo lo que se me ocurre, en papelitos, en cuadernos...
Hace falta mucho entusiasmo para emprender la tarea. Y por lo menos un par de horas libres. Y estar concentrado, no distraerse con boludeces ni con la televisión ni con internet ni facebook ni nada. Y mucho entusiasmo.
Cada vez más estoy convencido de que el común de la gente es de idiota para abajo.
Es decir. Me voy a escribir a un bar, porque en eso consiste toda mi estrategia creativa, en salir de casa cuando quiero escribir, porque en casa no escribo y en un bar por lo menos puedo escupir estas cosas, y la tele está puesta en las olimpiadas, por supuesto, cosa que a mí me importa más bien nada, pero da la casualidad de que están las nadadoras, rompiéndose el culo las pobres chicas desde vaya a saber cuándo por conseguir una centésima de segundo de gloria, y los únicos comentarios que se escuchan en las mesas, tanto de parte de hombres como de mujeres, son del orden de "¡Mirá qué cuerpo! ¡Parece un macho! ¿Eso es una mina?" [Originalmente había escrito "...por conseguir algo de gloria, una centésima de segundo de gloria..." La pesqué y eliminé lo que sobraba. Estoy notando que tengo una tendencia a la repetir para enfatizar que me rompe un poco las bolas.]
Quiero decir acá que este blog no me está dando el resultado que esperaba. Lo estoy dejando estar, y justamente de eso se trataba la cosa, de no dejarlo estar. La única cosa para la que tenía que servirme el blog, que era para seguir escribiendo, y no me está sirviendo. Ya me quejé a Blogger pero no me han dado bola. Señores Blogger: quiero decirles que el blog no me está sirviendo para lo que yo supongo que tiene que servirme. Hagan algo. Abrazo, yo. El próximo mail va a ir con "saludos" en lugar de "abrazo", a ver si así se amedrentan. Por lo tanto, mi nueva estrategia creativa con respecto al blog es que voy a publicar, sí o sí, obligatorio, una entrada por semana. Por lo menos. Después, si quiero más, más. Pero vamos a empezar con una por semana. Una vez por semana, por ejemplo los viernes a la noche, voy a publicar la entrada que empecé a escribir la semana anterior en el estado en que se encuentre, sin revisar nada más.
Eso es todo lo que tengo que decir con respecto a mis estrategias creativas.
Seguro que no lo voy a cumplir.
La dificultad que me presenta la escritura del blog, doctor, con respecto a la escritura dramática es que el que habla soy yo, no un personaje. Me siento expuesto. Me agarra el miedo de escribir boludeces. Cuando escribo teatro nunca tengo miedo de escribir boludeces porque el personaje es el boludo que habla, que para eso está, y cuántas más alegrías nos dan los personajes boludos que los vivos. El personaje inteligente es el cáncer de la escritura dramática. Es mejor volverlos boludos de chiquitos (lo cual por suerte simplemente sucede, porque es uno el que escribe).
Acá, en el blog, la convención social dice que el que habla soy yo, y eso hace todo mucho más difícil.
Lo primero que tendría que hacer un escritor es quedar como un boludo. Recién después de eso puede empezar a decir algo interesante: cuando ya todo está perdido.
Pero me parece que todo esto ya lo escribí en algún momento, en alguna otra entrada. Escribo siempre más o menos lo mismo.
No escribo tan bien como quisiera. No soy tan inteligente como quisiera, ni tan profundo ni tan original como quisiera, como me parece que se supone que uno tendría que ser para tener derecho a hablar.
Estos últimos párrafos me parecen mal si intentan explicarme o justificarme y me parecen bien si lo que intentan es analizarme. No sé qué es lo que intentan.
No puedo escribir si no me siento a salvo. Lo primero que necesito hacer es colocarme en un lugar seguro, cuidarme el culito ("¡No soy yo el que habla, es el personaje...!"), y recién ahí puedo escribir. De lo contrario, no escribo sino que me la paso buscando ese lugar seguro desde el cual puedo escribir impunemente. Esa búsqueda constante impregna mi escritura. El texto (la situación) se convierte en eso: los intentos constantes de un tipo por ponerse a salvo mientras intenta decir algo.
No sé si no hay otra posibilidad. El monito, antes de empezar a los gritos, se sube lo más alto que puede a la palmera. Es instinto.
Los problemas que tenemos con la escritura tienen que ver más que nada con que ésta implica, en su mayor parte, ir de frente en contra del instinto. En muchísimos aspectos. En aspectos que ni siquiera nos imaginamos ahora que estamos escribiendo o leyendo esto.
Todo esto lo escribo para evadirme, para evitar por un rato pensar en las cosas que me están comiendo la cabeza. Cosas que me interesan mucho más que toda esta huevada. Cosas del orden de lo vital, no de lo creativo. Entre escribir y vivir, hay que elegir vivir. Escribir, escribe cualquiera. No es más que cuestión de entrenamiento.
Mientras escribimos...
Me olvidé.
Ah, sí. Mientras nos pasan cosas, hablamos de otras cosas. No hablamos de lo que nos pasa. Lo que nos pasa, nos pasa. Hablamos de otra cosa. Y lo que decimos dejará entrever en mayor o menor medida lo que nos pasa, en tanto seamos más o menos hábiles en las artes del ocultamiento.
En eso consiste, más que nada, el teatro.
Por ejemplo. Yo tengo la teoría de que la gente no es tan idiota como parece. Pero se vuelven idiotas para interactuar con el mundo, porque es una posición segura. Que el tipo que dice "¡Mirá qué espalda! ¡Parece un macho!", es capaz de pensamientos bastante más profundos que ese, pero que jamás se permitirá darlos a conocer en público porque eso sería quedar como más inteligente que lo que considera seguro. El pudor de la inteligencia. Instinto. La boludez es un refugio. Como el escritor que necesita quedar como un boludo antes de empezar a escribir. Como el monito subido a su palmera. Al final es todo lo mismo.
Lo que tiene volver a escribir después de un tiempo más o menos largo de no escribir
(entre todas las cosas que tiene)
es que uno, yo, vos, uno, escribe cargando demasiado peso.
Está lo que está bien y lo que está mal.
Lo que se debe y lo que no se debe.
Lo que te acerca a ser un escritor y lo que te aleja de serlo.
Durante el tiempo de la no escritura, estas dos entelequias
(¿está bien usada la palabra entelequia? Entelequia. Entidad. Estas dos entidades.)
estas dos entidades, que durante el tiempo anterior, el tiempo de la escritura, no voy a decir que no existían pero se encontraban al límite de la no existencia, infinitesimales [Esto es mentira; nunca se encontraron al límite de la no existencia; siempre estuvieron ahí pero jodiendo poco] fueron creciendo, prosperando, acrecentándose al punto de ocupar casi todo el espacio sin dejar prácticamente nada de lugar para la escritura. [Todos estos corchetes podrían evitarse si yo encontrara una manera más o menos cómoda de poner enlaces a notas al pie. La nota al pie en un blog sin un enlace apropiado me parece de lo más incómodo que hay para el lector. Así es más fácil: el que no quiera leer las notas, que se saltee los corchetes.]
Así es como escribir, lo que era en una época una tarea placentera y amigable [También mentira], se va convirtiendo en algo trabajoso, algo demasiado parecido a hacer fuerza, a empujar, a tratar de abrirse espacio para respirar en un lugar completamente, o casi completamente, ocupado por dos globos enormes que nos asfixian.
Con lo cual dan cada vez menos ganas de entrar a la escritura.
Sin embargo, volvemos a arremeter, porque la escritura, enteramente ocupada por los dos globos, ejerce una atracción constante (una atracción que está formada por una cantidad de sentimientos y emociones de lo más diversos y contradictorios, entre los que no están ausentes la inseguridad, el ego y la pila de neurosis que nos llevan de la mano por la vida) que no nos deja en paz. Mientras no escribimos [actividad a la que le dedicamos casi todo el tiempo] no hacemos otra cosa que pensar en escribir: que no estoy escribiendo, que tendría que estar escribiendo, que cuánto hace que no escribo. Cagándonos la vida, porque la pasaríamos mucho mejor si nos dejáramos de joder con eso de escribir. Hasta que, de tanto en tanto, volvemos a tomar carrera y nos mandamos a la habitación. La mayor parte de las veces rebotamos en la puerta; a veces podemos penetrar un poco antes de ser expulsados otra vez, fuera de la escritura.
Lo primero que habría que hacer es encontrar un punto débil y reventar los dos globos para que las dos masas purulentas que los llenan, a las que llamamos lo que está bien y lo que está mal, caigan, se mezclen, inunden la escritura, y trabajar con esa mezcla mugrienta como cuando éramos bebés y trabajábamos con caca, porque era lo único que teníamos para trabajar, igual que ahora, es lo único que tenemos para trabajar.
Y sobre todo para que la presión disminuya porque así no se puede vivir.
Esto es lo último que escribí, allá por el 2008. O puede que haya sido el 2007. Se llama FOBIA.
Por lo menos, es lo último que escribí que puede ser considerado algo completo.
(En algún momento voy a reunir los fragmentos que he ido escribiendo a lo largo de estos años en los que supuestamente no escribí, aunque más no sea para ponerlos uno al lado del otro y ver cómo conversan.)
A los que les interese leerla completa, la pueden descargar de acá:
El texto de FOBIA fue escrito y modificado varias veces mientras se lo ensayaba, en un largo proceso en el cual los intérpretes iban abandonando el proyecto uno a uno (y lo bien que hacían) hasta que al fin quedaron solamente cuatro que aguantaron hasta el final. Cada vez que se iba un actor, yo reescribía el texto para menos personajes. De ahí los nombres de los mismos (u, w, y, z). Las otras letras (t, v, x) se fueron perdiendo en el camino.
El proceso de ensayos derivó en una cosa en video, también llamada FOBIA, una especie de película impresentable bajo todo punto de vista. Si me animo y cuento con el consentimiento de los demás participantes puede que en algún momento la presente por este medio. De todos modos, el video no tiene prácticamente nada que ver con la obra, más allá de algunos fragmentos de texto compartidos.
Todo el proceso también está bastante documentado en video. Otra cosa que puede que de a conocer alguna vez si cuento con el consentimiento de todos los participantes (que fueron bastantes, así que puede ser que pase bastante tiempo antes de que esto suceda.)
De a ratos no se sabe bien qué personajes están dentro o fuera de escena, quiénes entran, quiénes salen. No voy a mentir y decir que fue deliberado, pero me parece bien que sea así.
Después de la palabra FIN, todavía quedan tres páginas más. A modo de yapa va, El frasquito, una aventura de u, w, y y z. Originalmente este episodio era el final de la obra, pero al revisarla ahora me di cuenta de que era otra cosa, y que la obra terminaba antes. Si alguna vez se representara FOBIA, El frasquito iría después de los aplausos y el saludo, como una exposición final de los actores a la vergüenza y el escarnio del público.
Otro dato curioso acerca de FOBIAes que estuvo extraviada varios años hasta que, acomodando una habitación especialmente desordenada de mi casa, encontré un par de copias impresas y pude reconstruirla a partir de ellas. La versión digital se perdió en una rotura de disco. De paso, aproveché para revisarla, volver a tipearla y podarle algunas partes.
Una de las cosas que escribí hace dos años y no llegué a publicar. La leo ahora y me parece que no está tan mal, así que ahí va.
Exagerar. Maximizar el conflicto para reconocerlo. Tomar cualquier conflicto pequeño y convertirlo en algo terrible.
El conflicto dispara la creatividad. Es casi inevitable. Nótese lo fàcil que nos resulta quejarnos.
Por ejemplo. Brevemente.
Viajo parado en el colectivo. Me duelen los pies. No doy más. Necesito sentarme. Si no me siento creo que me voy a desmayar de cansancio. Me la pasé trabajando todo el día, yendo de acá para allá, y ahora quiero viajar sentado, volver a casa sentado. Es inhumano. Viajar así es inhumano. Esto debe estar haciéndome mal a la salud. Me está sacando años de vida. Toda esta gente que viaja todos los días en colectivo seguramente se va a morir joven. Porque además todo este tiempo estás respirando monóxido de carbono, que te va haciendo mierda de a poco los pulmones. Cuando en algún tiempo futuro estudien esta época, se van a horrorizar ante cosas como esta. Algún profesor de historia les dirá a sus alumnos: "Viajaban todos los días, dos veces por días, parados y apretados en estos medios de transporte, para ir a trabajar todos al mismo lugar.
ALUMNO -¿Todos al mismo lugar?
PROFESOR -Así es.
ALUMNO -¿Y por qué tenían que trabajar todos en el mismo lugar? ¿No existía Internet? ¿No existía el teléfono?
ALUMNO 2 -No debía existir todavía.
PROFESOR -Sí, ya existía todo eso. Pero estaban acostumbrados así. Pasaron como trescientos años antes de que se dieran cuenta que podían estar cada uno en su casa, como estamos nosotros ahora tomando esta clase. Sí, Giménez.
ALUMNO 3 -¿Eran boludos o qué?
PROFESOR -Tan boludos como nosotros ahora, Giménez. Lo que pasa es que antes eran boludos todos juntos y ahora somos boludos cada uno en su casa."
Todas estas entradas son como una especie de precalentamiento. De desentumecimiento. ¿Dije esto ya antes? Sé que ya lo escribí en algún lado, pero como no tengo del todo claro qué dejo en borrador y qué publico, en una de esas me estoy repitiendo. No me voy a poner a revisar ahora, a las 11 menos 20 de la noche.
Hay que escribir como si no fuera a leerte nadie, dijo alguien. No me acuerdo de quién. Yo para las citas...
Hay dos formas posibles de hacer las cosas: bien y como puedo.
Eso lo dije yo.
Picasso dijo que la inspiración existe, pero que cuando llega tiene que encontrarnos trabajando. Así que aquí estoy, preparándome por si en algún momento aparece la inspiración. Ring Ring. ¿Sí? ¿Quién es? Soy yo, la inspiración. ¿Puede llamar en otro momento? Ahora estoy trabajando.
En todo caso, haciendo honor a la primera cita, cuando me pareció percibir que la preocupación por mi carrera artística me estaba dificultando la escritura, me dediqué a desmoronarla hasta que estuve seguro de que ya no me leía nadie y ahí me pareció que iba a poder escribir más tranquilo.
Igual a la larga no me dio mucho resultado porque me doy cuenta ahora de que la mayor parte del tiempo me sigo comportando como si todavía tuviera alguna posibilidad de algo.
Es increíble cómo uno mismo se crea reglas (arbitrarias, que no obedecen a nada) donde no las hay ni tiene por qué haberlas, donde uno mismo se ocupó de que no las hubiera. En un espacio de total libertad, como debería ser el de la escritura que no va a ser leída por nadie, uno se impone leyes. Hay que hacer esto. No hay que hacer lo otro. Si se hace tal cosa, hay que hacerla de tal manera. ¿Por qué? No sé. Porque sí. Porque si hago las cosas de otra manera y en una de esas me va bien, ¿qué hago?
Preferimos fracasar antes que vernos obligados a cambiar de opinión.
Qué bichos jodidos.
Bueno, no importa. En cualquier momento voy a poner acá lo último que escribí que puede llamarse una obra de teatro, que es una cosa que se llamó FOBIA, escrita allá por el 2007. Qué lo parió. Cinco años. Ya era hora. Le estoy dando una revisada y una reescritura, podando algunas ramas secas. Me parece que está bien publicar lo último que escribí que puede llamarse una obra. Como para ver para dónde sigo.
Igual hace un rato (es decir, hace como dos años) dije que había que escribir mal y ahora me hago drama por lo mal que me parece que estoy escribiendo.
Es un problema (tomo nota) de esta forma de escritura el hecho de escribir desprovisto de máscara. Sobre todo para los que escribimos teatro (para yo que escribo teatro, para mí, para mí que escribo teatro, yo) que tan acostumbrados estamos a escribir detrás de máscaras.
Ya sé que esto también es una máscara. Que no se puede escribir sin una máscara. Ya sé. Pero no es eso lo que quiero decir. Supongo que se entiende lo que quiero decir y si no se entiende no me voy a poner a explicarlo ahora. Lo único que quiero es señalar esta contradicción en mí, porque yo estoy orgulloso de mis contradicciones.
Me anoté en una cosa esa que publica las entradas del blog automáticamente en Facebook y ésta decidió por mí publicar lo último que escribí hace dos años. Eso es lo que hacen las cosas automáticas. Actúan automáticamente. No te consultan nada. Así que ahí vamos.
Empecé a escribir este blog con la idea de que fuera un cuaderno de notas, lo mismo que antes hacía en un cuaderno pero en la Internet, para tenerlo a mano en todos lados y por si a alguien le resultaba útil algo de lo que se me ocurría.
Después lo abandoné como dos años.
Yo cada vez que escribo algo, después hago un tiempo largo de penitencia.
Esta vez la penitencia duró demasiado. Siento los músculos entumecidos. Falta de entrenamiento.
Todo lo que escribo me parece mal. Ya sé que es una sensación.
Pero ya ven cómo estoy escribiendo cortito. Oraciones cortas. Para no desbarrancar. Cosa que siento que puede suceder en cualquier momento.
Así es como, después de dos años, regreso al blog como una forma de entrenamiento.
Ya probé entrenar en privado pero no me resultó. Después de un tiempo me aburro y abandono.
El tema principal sobre el que pienso escribir es sobre las trabas al proceso creativo, el bloqueo, el autoboicot, la parálisis. Y cómo combatirlos. Si es que es posible. Y hasta donde es posible.
Las cuestiones que me ocupan habitualmente
Podría escribir páginas justificándome. Pero no voy a hacerlo. La justificación es uno de los recursos más anticreativos que existen.
Desde ya que todo es relativo. Esa es una de las trampas que suelo tenderme. Escribo, por ejemplo, "La justificación es uno de los recursos más anticreativos que existen", e inmediatamente me pregunto ¿es cierto esto que acabo de escribir? No sé si es tan verdad. La verdad es que muchas veces la justificación requiere poner en juego una gran dosis de creatividad. Sí, pero la justificación es un medio para encontrar excusas para no moverse. Para no corregir un error. Pero crear excusas es también crear. Es también moverse. De hecho, decís que podrías escribir páginas justificándote y elegís no hacerlo. Poder escribir páginas y decidir no hacerlo es mucho menos creativo que justificarse. ¿Por qué no escribir páginas de lo que sea?
Además ¿recurso? ¿Por qué recurso? ¿Vos decís que la justificación es un recurso?
Bueno, recurso, comportamiento, lo que sea.
Y ahí empiezo a pensar qué mal estoy escribiendo, cómo puede ser que escriba tan mal, y se me viene el alma al piso y me voy a hacer otra cosa.
Lo peor de todo es que ni siquiera me considero más neurótico que la mayoría de la gente que conozco.
Lo que vale, lo que cuenta, es lo que pasa.
Lo que se dice tiene poco valor en relación a eso.
Por lo tanto, lo que se escribe tiene poco valor en relación a cómo se escribe.
Es a eso a lo que cuesta tanto acostumbrarse.
A que, en principio, parecería que no hay forma de afirmar nada.
Siempre implica un esfuerzo pasar del plano del discurso al plano de la acción (en la escritura como en la vida, una vez más y van...).
Que es la manera dramática de afirmar algo: mediante la acción.
Para afirmar algo, hago que suceda.
En el teatro como en la vida
hago que suceda e inevitablemente
tomo nota de los obstáculos para que suceda
lo cual genera dialéctica y conflicto
y hasta acá llego.
Con respecto a ese cómo se escribe que decimos que es más importante que lo que se escribe
ahí está la madre del borrego
no sé qué estoy diciendo cuando digo cómo se escribe. No sé a qué se refiere ese cómo. Yo creo que nadie lo sabe. Aunque también puede ser que sea yo el que no lo sabe. Creo que puede significar casi cualquier cosa. O no, no cualquier cosa, pero sí infinitas cosas.
Y ahora sí, hasta acá llego.
Tratar de usar siempre la menor cantidad de palabras, la menor cantidad de personajes, la menor cantidad de situaciones.
Lo que sobra debilita, entorpece.
Revisar lo escrito, sobre todo, para retirar todo lo que esta de mas.
Desconfiar sobre todo de los finales: finales de escenas, finales de diálogos, finales de relatos, finales de frases. (Esos momentos en la escritura en que sentimos que no hemos sido lo suficientemente contundentes y queremos remarcar; lo que conseguimos no es otra cosa que debilitar al texto, como yo lo estoy haciendo ahora, con todo este paréntesis.)
Además, en el texto dramático la mala escritura se vuelve buena escritura. Y viceversa. No le hace demasiado bien al drama la escritura demasiado efectiva, demasiado cuidada, demasiado demasiada. Siempre es mucho mejor lo incompleto, lo no del todo logrado, lo que parece que quiere decir algo que no sabe cómo, el texto mediado y contaminado por el deseo, el miedo, la opinión, la angustia, el humor del momento, la ineptitud para comunicarse con el resto del mundo...
Una de las cosas a las que debería acostumbrarse el autor teatral es a sentirse inadecuado, incompetente, equivocado y otro montón de cosas feas mientras escribe, y que eso no le impida seguir escribiendo ni modifique su escritura (porque así es más o menos como se sienten las personas en sus relaciones, que es de lo que estamos hablando, lo que queremos reflejar).
Es un error dejar de escribir cuando siento que estoy escribiendo mal, que estoy trabado, que no sé cómo seguir, que no encuentro las palabras, que digo mal las cosas, que no me estoy sabiendo dar a entender.
Cuanto más se acerca uno a escribir algo importante, peor escribe.
Lo que cuesta escribir. Lo que vale la pena. El movimiento esforzado, tratando de alcanzar algo, de lograr algo que está un poco más allá de nuestras fuerzas. Tratando de decir algo que no sabemos cómo decir.
Lo dramático, lo "teatral" como algo que impregna al texto. El texto teatral como algo empapado de teatralidad. No sé cómo explicar mejor esto por escrito. Pero en algo de esto reside la dificultad de, a veces, "teatralizar" textos que no nacieron teatrales. No basta con tomar un texto cualquiera y ponerlo en boca de un personaje, por más que esté escrito en primera persona, por ejemplo.*
El texto debería ser "poroso", como una miga de pan que se impregna de café con leche**. Un texto sólido, sin huecos, no deja lugar a lo teatral.
En cualquier caso, siempre es mejor el texto que no dice todo lo que sabe.
* Valga la ya innecesaria aclaración de que muchos textos no etiquetados como teatrales son portadores de teatralidad.
** Condición necesaria, no suficiente.
Ser honesto. De esa manera, la escritura debería resultarme fácil. Y si no me está resultando fácil escribir, tal vez sea que no estoy siendo honesto, que me estoy disfrazando de algo que no soy.